Hay algo como de ciencia ficción

en esta excepcionalidad,

que si no fuera tan plácida

daría pavor.

 

Google sabe más de nosotros,

que nosotros mismos.

La primavera pujante y esplendorosa,

nos sienta en el banquillo,

“a pensar”,

las noticias dan el parte

de muertos, infectados y curvas.

 

La TV habla de las dos Españas que todavía se odian

con razones bien fundadas,

como si la reina de las nieves

nos hubiera herido los corazones

con cristalitos de frío…

 

De pronto, hemos ingresado en el futuro,

confinados en la casa común,

como familia planetaria,

con retos planetarios,

con bienes compartidos…

 

Mirando árboles desde la ventana,

practicamos el ejercicio de la fascinación

y la memoria nos duele

con la rapiña del capital ambiental

que está siendo arrebatado a las generaciones futuras

y que no es sancionada.

 

Quizás una mano invisible pueda

extraer la esquirla que nos hiere

y sanemos del desamor.

Quizás un ejército planetario compasivo

pueda lograr con puño de hierro

que los bienes comunes de la tierra

no sean moneda de lucro,

sino caudales de la vida,

para la vida,

regalos en alza.

 

Quizás seamos capaces

de recuperar la transparencia del agua,

viva,

sin plásticos

y para todos.

Y lograr que el aire sea un océano fresco,

sin embotellar

y fuera de las escafandras de lujo

y que los grandes hielos puedan seguir acogiendo osos

y sobrecogiendo el alma

(y no sólo flotar en trocitos para el cubata).

 

Empapada y callada,

sin humanos,

la naturaleza contiene la respiración

y el silencio es impresionante.

 

Tiempo vivo,

silencio de oro

oportunidad para contarlo.

 

De momento tenemos suerte,

no nos falta el aire ni el agua.

Hasta el viento aflojó para en casa refugiarse.

Enrique Repiso. Resto del Poemario.